¿Me vacuno o no me vacuno?

Hablemos de las vacunas. A tenor de las nuevas vacunas contra la COVID19 se han intensificado las discusiones sobre si son buenas y necesarias, o si, por el contrario, podríamos prescindir totalmente de ellas. Algo parecido ocurrió en el siglo XVIII con la viruela, cuyos efectos eran terroríficos en quienes la padecían. Y por suerte hoy podemos decir «eran». Podemos decirlo porque precisamente la vacunación de la población consiguió la remisión de esta enfermedad, ¡a nivel mundial! Además, las vacunas no son sólo eficaces reduciendo muchas enfermedades, también lo son ayudando a mantener controlado el gasto en sanidad. Por ejemplo, en Estados Unidos por cada dólar invertido en vacunas se ahorran otros 44 gracias a reducir la incidencia de muchas enfermedades.

¿Cómo funcionan?

Una vacuna es como una entrenadora. Su función es «entrenar» a nuestro sistema inmune para que sea capaz de reconocer y eliminar algún agente infeccioso. Para ello, se centrará en «poner en forma» a nuestra respuesta inmune adquirida, una de las dos partes de nuestra inmunidad. La otra parte, conocida como respuesta inmune innata, es nuestra primera línea de defensa. Se articula con células localizadas en las superficies que recubren nuestro cuerpo. Es una respuesta rápida y poco específica. Produce la inflamación con la que pretende contener y eliminar al patógeno. Sin embargo, hay ocasiones en las que no lo logra, y en ese momento entra en acción la segunda parte de nuestra inmunidad.

La inmunidad adquirida, también conocida como adaptativa, se orquesta por un tipo de célula muy especial, los linfocitos. A diferencia de la primera respuesta innata, en este caso estamos hablando de una respuesta específica mucho más eficaz. Sin embargo, necesita de un primer contacto con el patógeno para poder ser desarrollada y entrará a funcionar a partir de ese momento en las infecciones sucesivas. Esto es posible gracias a las llamadas «células de memoria» que pueden persistir en nuestro organismo por tiempos largos pero, en muchas ocasiones, indeterminados. De este modo, desde que nacemos nuestro organismo se va creando su propia «biblioteca» contra los distintos patógenos.

El principio que siguen las vacunas es acercar un patógeno debilitado pero reconocible a nuestro organismo. De este modo, se desarrollará una respueta innata seguida de un reconocimiento y almacenamiento en nuestra base de datos. Así, ante una infección real, nuestra respuesta inmmune adaptativa estará lista para responder eficazmente contra él, protegiéndonos.

Tipos de vacunas

La clasificación que vamos a ver a continuación se basa en el tipo de elemento que se usa para que sea reconocido por el sistema inmune.

Vacunas de ADN o ARN.

En este caso el material genético (ADN o ARN) se utiliza para que el propio organismo genere una proteína determinada del patógeno. De este modo, el sistema inmune puede «guardar» la información y generar una respuesta contra el patógeno que la porte. Su principal ventaja es que producen una estimulación muy eficaz del sistema inmune. Precisamente, algunas de las vacunas que se han propuesto y que hoy tenemos contra la COVID19 son de este tipo.

Vacunas vivas atenuadas.

Para generar la inmunidad, al paciente se le aplica una dosis del mismo patógeno contra el que se quiere obtener una inmunidad. Sin embargo, previamente hemos atenuado su capacidad infectiva en el laboratorio para reducir sus efectos perniciosos en el organismo. La gran ventaja de estas vacunas es que la inmunización que producen se alarga mucho más que en otros casos. En algunas ocasiones, podría llegar a durar de por vida.

Vacunas inactivadas.

En lugar de formas atenuadas del patógeno, en este caso usaremos formas muertas del mismo. Aunque esté muerto, los restos del patógeno pueden ser reconocidos por nuestro sistema inmune y, por lo tanto, que se genere una inmunidad contra él. Son muy fácilmente almacenables ya que no tienen riesgo de conducir a la enfermedad. Sin embargo, producen una estimulación menor que en el caso previo.

Vacunas de subunidades o de conjugados.

Se emplean tan sólo algunas moléculas, como proteínas, que forman parte del patógeno. Éstas se inoculan en lugar del agente infeccioso y nuestro sistema inmune puede reconocerlas y generar su respuesta. La principal ventaja es que las probabilidades de una reacción adversa son muy bajas. Sin embargo, hasta ahora no podemos contar con este tipo de vacunas para todos los agentes infecciosos estudiados.

Vacunas de toxoides.

Sólo están disponibles cuando el patógeno produce alguna substancia tóxica para el organismo. En ese caso, se puede generar una respuesta no sólo contra el agente infeccioso, sino también contra estas moléculas. Estas vacunas contienen formas inactivadas de estas substancias.

Vacunas de vectores recombinantes.

Estas vacunas son muy parecidas a las anteriores, pero se han modificado para que generen una respuesta todavía mayor. Para ello, se emplea un vector como puede ser un virus o una bacteria. Este vector es modificado genéticamente para que porte el material deseado y genere un estímulo muy eficaz en el sistema inmune.

Por último, es muy importante que recordemos que las vacunas no sólo nos protegen a nosotros. También protegen a nuestro entorno. Vacunándonos estamos contribuyendo a ser «cortafuegos» de la infección y protegiendo a otras personas para quienes la infección supone un riesgo muy serio para sus vidas.